miércoles, 7 de octubre de 2015

Pandora

La llevaba a cuestas porque no había otra forma, porque no podía arrojarla ni pulverizarla contra la pared. Estaba ahí, tan pequeña y tan pesada al mismo tiempo, siendo suya y de ningún otro, siendo frágil y resistente a la vez, implantada como un tumor que se expande por las vísceras y que corroe por dentro. Existía, siempre existía, no dejaba de existir jamás. Se apoyaba sobre huesos que intentaban mantenerse erguidos y no flaquear, los más fuertes, los que debían soportar. Todos podían ver que iba extinguiendo de a poco sus fuerzas, y aunque lo sabía también, no podía deshacerse de ella, porque temía que al descubrirla todos los horrores salieran disparados y su revelación fuese insoportable, más insoportable aún que el propio peso de cargarla. Era tan minúscula que no entendía cómo algo como eso podía significar un peso en su miserable existencia. La despreciaba, la odiaba, añoraba destruirla tanto como añoraba la vida que alguna vez tuvo sin ella. La repelía porque era un otro que no sabía amoldarse a sus formas ni sumarse a su propio peso; porque era siempre individual, ajena, inalcanzable. Un extranjero infiltrándose en su carne. Lo ajeno mutilándola, oprimiéndola, violándola sin nunca consumar.

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