jueves, 8 de agosto de 2013

¿Pero dónde es mi casa y dónde mi cordura?

A esta hora la tarde se transforma: hay silencio y el cielo y la luz se confunden. Las cosas parecen inmóviles, los pasos de la gente que transita en la calle no se oyen y sólo los cerros se perfilan como una permanencia. El único mundo que logro observar es el que me permiten los márgenes de la ventana. Y a ese me aferro, como si fuera el retrato más sincero de la existencia. Comienzo a escuchar The fallen, de John Lunn, por ser la música que ha acompañado mis últimos días. Estoy tan sola que me embarga una auténtica y poderosa felicidad. Hay este espacio dentro que no es mío, que nadie habita, esta conciencia de ser a la que no he optado y que me colma de paz. Ajmátova viene a mi mente y me repite aquella única frase de su poema: "¿Pero dónde es mi casa y dónde mi cordura?". Su voz hace eco en mi memoria y me pide que responda. La patria, la infancia, las tierras extranjeras, los amigos, los amantes, la familia, yo misma: nada ha sido mi hogar. He vagado indistintamente sin nunca pertenecer. Entonces, ¿dónde es mi casa? Y sé que es aquí; es este espacio que se abre, es este solo momento de la tarde.

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